Paz y pacifismo

SIEMPRE ME HA GUSTADO IR A LA RAÍZ DE LAS COSAS CREO QUE ES
IMPORTANTE QUE, EN PRIMER LUGAR, HABLEMOS DE PAZ. Y DE LO QUE NO ES PAZ

Debo reconocer que, cuando nuestro querido Presidente, Julio Wais, me ofreció participar en esta iniciativa, me sorprendió bastante el cargo para el que me propuso: Ministro de Defensa.

Se trata de un cargo complicado, porque los temas que, a priori, le corresponde abordar a un Ministro de Defensa son, por lo general, poco populares. Si existe un Ministerio de Defensa es porque hay algo de lo que defenderse o, si le damos la vuelta a la tortilla, algo (o alguien) que nos ataca. Y qué quieren que les diga: esta reflexión no es demasiado agradable…

Además, a nadie se le escapa que vivimos en una sociedad –Occidente– que, a pesar de ser cada día menos reconocible, aún mantiene ciertas señas de identidad: una de ellas es, a mi juicio, el pacifismo.

En este mi primer post, me gustaría hacer un par de reflexiones sobre paz y pacifismo. Creo que es una buena forma de comenzar mi andadura como Ministro de Defensa. 

En mi opinión, la paz es el fin hacia el que tiende cualquier orden político. Como afirma Gómez Pérez, la paz es uno de los valores esenciales de la convivencia política y social (Virtud, vicio e hipocresía, página 93). Pero… ¿Qué es la paz? No debemos confundir paz con cualquier situación de calma o tranquilidad. En efecto, tal como señala Tomás de Aquino, “si un hombre concuerda con otro, no por espontánea voluntad, sino coaccionado por el temor de algún mal inminente, tal concordia no es verdaderamente paz”. (Suma Teológica).

La verdadera paz es la que nace de la justicia. Sin justicia no hay verdadera paz. Millán-Puelles lo deja bien claro: “la verdadera paz, la que conserva el orden conveniente a los hombres, implica la justicia”. (Sobre el hombre y la sociedad)

El pacifismo, en cambio, rechaza cualquier conflicto, incluso el que pretende restaurar la justicia. En otras palabras: el pacifismo está fundado en el indiferentismo: aceptamos cualquier cosa con tal de que no haya conflicto. Nos repugna el conflicto, sea el que sea.

La verdadera paz es la que nace de la justicia
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Sin embargo, al contrario de lo que postula el pacifismo, no todo conflicto es injusto. Si se pone la justicia en entredicho, debemos luchar por restablecerla.

Un ejemplo: tras los atentados de París, cierto político de moda proponía como solución la empatía. Según el Diccionario de la Real Academia Española, la empatía es la “capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos”. Da igual cuáles fueron los motivos que movieron a los terroristas de París o Bruselas a cometer semejante carnicería: lo que hicieron está objetivamente mal, es contrario a la justicia.

Supongo que nuestro político de moda, con muy buena intención, intentaba expresar lo siguiente: “es mejor el diálogo que cualquier enfrentamiento”. No estoy de acuerdo: no hay diálogo posible con quienes niegan la existencia de la verdad. Lo contrario –el relativismo– implica que, a la larga, acaba triunfando la verdad del más fuerte. Y es probable que, dentro de no demasiado tiempo, haya otros más fuertes que nosotros…

En el fondo, la pregunta que debemos hacernos es: ¿Existe la justicia? ¿Creemos en la justicia? Si la respuesta es negativa, el pacifismo tendría cierto sentido, porque todo –absolutamente todo– podría solucionarse por consenso. Si, por el contrario, creemos que existen actos justos e injustos, el conflicto será inevitable; eso sí: la paz será verdadera.

Ruego al lector que me perdone por esta pequeña divagación filosófica. Siempre me preferido ir a la raíz de las cosas y, si voy a escribir sobre temas de Defensa, creo que es importante que, en primer lugar, hablemos de paz. Y de lo que no es paz.

Yago Fernández

Agricultura ecológica sí, ¿o no?

LAS MODAS PASAN LAS FRONTERAS DEL MERCADO TEXTIL Y LLEGAN A LA
ALIMENTACIÓN, ENFRENTADO ECONOMÍA, NUTRICIÓN Y MEDIO AMBIENTE
Últimamente, los hábitos saludables, los regímenes, las dietas sanas y la alimentación equilibrada están a la orden del día. Resulta que, a pesar de la “crisis”, la gente presta atención a aquellos productos agropecuarios que consumen, así como su calidad o caracteres nutritivos.
Hablemos de la agricultura tradicional, cuyas bases van de boca en boca, sin que se tengan claros algunos de sus conceptos y comparémoslos con la tan preciada agricultura ecológicaque hoy en día todo el mundo quiere en su mesa.
Un hecho irrefutable es que hay un rápido crecimiento de la población que demanda un suministro alimentario, al que se puede dar respuesta con una mayor producción agraria. Se prevé que la demanda mundial de productos alimenticios se duplicará en la segunda mitad del siglo XXI. Dentro de este marco hay dos opciones: aumentar la producción o aumentar el terreno cultivable. Respecto a la primera, la agricultura ecológica no tiene cabida pues sus rendimientos son muy bajos; y en la segunda, aumentaría el costo aún más junto con la mano de obra, haciendo sus productos más caros e inaccesibles.

¿Se podría alimentar a 7 mil millones de personas mediante la agroecología?

La agroecología, (agricultura ecológica que tiene en cuenta un contexto social y económico) siempre ha sido una iniciativa de la izquierda respaldada por subvenciones, que suponen un abaratamiento de los gastos en desarrollo del producto, pues sin ellas, los inicios de la producción así como la continuación de ésta, serían muy costosos. Por ejemplo, el tomate ecológico se vende casi un 50% más caro que el convencional, lo que supone una mayor inseguridad alimentaria para la población. Los productos ecológicos no son más caros por ser mejores, sino que lo son porque la producción de los alimentos se basa en el uso de métodos obsoletos propios de la Edad Media, que son los que autoriza la agricultura ecológica (aunque a veces los certificados de regulación ecológica sean de dudosa validez), que inevitablemente conducirán a las consecuencias negativas de la ley de los rendimientos decrecientes.
Muchas personas, en su ignorancia, piensan que los productos ecológicos son mejores, pero tanto productos convencionales como ecológicos pasan unos controles de sanidad y calidad. La agricultura ecológica cumple las normativas sin priorizar el volumen de producción ¿Se podría alimentar a 7 mil millones de personas?
En 2015 se celebró la EXPO de Milán, de la que surge el Pacto de Política Alimentaria Urbana (Urban Food Policy Pact). Este consiste en implantar agroecología en las ciudades, desarrollando sistemas alimentarios sostenibles y asegurando una alimentación sana y accesible a todos y, al mismo tiempo, adaptarse al cambio climático. Muchos se han unido a esta causa como Ada Colau, Ahora Madrid, el ayuntamiento de Bilbaoy casi toda Europa entera.

El mercado global de alimentos ecológicos supera los 50 mil millones de dólares (US). Y es que a pesar de la crisis, desde 2005, el volumen de negocio de este mercado se incrementa cada vez más. Según la revista Actualidad Ecológica, Europa concentra el 51% del mercado global de alimentos ecológicos, en Estados Unidos el 46% y apenas un 3% de estas producciones se comercializan en otros lugares. Ellos mismos dan a entender que la agricultura ecológica da como resultado productos exclusivos, gourmet, propios de los países desarrollados y la cual se intenta estandarizar. De esta manera se desbanca al tercer mundo donde la agricultura es ecológica, no porque sea más saludable o respetable con el medio ambiente, sino porque carecen de los conocimientos y la tecnología necesarios para un agricultura extensiva. Así la agricultura ecológica traiciona sus principios: el comercio justo y socialmente accesible.
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Fuente: Actualidad Ecológica
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Implantar la agricultura ecológica como modelo disminuiría la producción, aumentarían los precios y, por ende, los alimentos no serían accesibles a todo el mundo. Al no poder aumentar la productividad por hectárea habría que aumentar las zonas de cultivo, lo que supondría la destrucción de otras áreas (talar bosques para adaptarlas al cultivo), por tanto ya no es respetuoso con el medio ambiente. 

Para concluir diré que la agricultura convencional tampoco es la mejor opción, pues a largo plazo no es sostenible y puede llegar a contaminar el suelo y el agua por el excesivo uso de fitosanitarios, pero a largo plazo la agricultura ecológica no es viable ni sostenible. Si no se puede alimentar al mundo con producciones convencionales, con producciones ecológicas, que tienen menores rendimientos, está claro que no, aunque la alimentación mundial es un problema más político y de intereses económicos. Es verdad que a veces se han hecho practicas abusivas, pero la ciencia y la tecnología evolucionan y se optimizan los procesos a la vez que se respeta más el medio ambiente.

Antonio Gil-Delgado