El Canal de Panamá II – La fuerza de dos Océanos: Panamá y España

SERÁ UN RETO OBTENER RENTABILIDAD ECONÓMICA DE UN PROYECTO TAN AMBICIOSO
COMO COMPLEJO. LAS EMPRESAS INVOLUCRADAS DEBERÁN APOYARSE EN LOS INTAN-
GIBLES Y, CONCRETAMENTE SACYR, ENSALZAR EL NOMBRE DE LA MARCA ESPAÑA
El desarrollo del proyecto de ampliación del Canal de Panamá se ha visto empañado por dos asuntos que implican al Gobierno de Panamá, al Gobierno de España y, en este caso, a Sacyr como líder del consorcio encargado del diseño y construcción del tercer juego de esclusas. Por un lado, el proceso de adjudicación y por otro los retrasos y conflictosexistentes entre cliente y contratista, dejando de lado un aspecto tan importante como el fallecimiento de siete trabajadores durante las obras de ampliación.
Nadie duda de la profesionalidad de cualquiera de las empresas constructoras españolas, solamente hay que observar la cantidad de proyectos internacionales que están llevando a cabo con contrastado éxito. Sin embargo, analizando en profundidad algunos acontecimientos y su cronología, se observa que el Gobierno de España retiró de la lista de paraísos fiscales a todos aquellos Estados con los que firma acuerdos de intercambio de información o convenios de doble imposición con la correspondiente cláusula de intercambio de información. Bajo la segunda de las opciones, en octubre de 2010 y tras la negociación de las obras de ampliación, Panamá salió de la lista de paraísos fiscales reconocidos por el Gobierno español con la firma del, en el aquel momento, Presidente José Luis Rodríguez Zapatero.
Según apuntaban algunos medios, “el Gobierno de Panamá aplicaba entonces una política de reciprocidad y consideraba paraíso fiscal al Estado que le calificara de lo mismo. Si las empresas españolas tenían sede en un paraíso fiscal a ojos panameños, no podían competir en sus concursos de adjudicación de obras públicas”.
También ayudaron a ganar el proyecto el competitivo precio de la oferta y el hecho de que la oferta española ofrecía una solución que permitía ahorrar agua dulce, problema relacionado con el control del nivel de salinidad del Lago Gatún, que hoy en día abastece de agua a más de 2 millones de personas.
Más allá de los aspectos técnicos de la obra de ampliación, los últimos nueve años han supuesto un reto para el consorcio de empresas, GUPC (Grupo Unidos por el Canal), liderado por Sacyr y que completan la italiana Salini Impreglio, la belga Jan de Nul y la panameña Cusa.
Algunas complicaciones tienen que ver con el retraso en la entrega de las obras y con el sobrecoste. El cliente, la ACP (Autoridad del Canal de Panamá), afirma que hasta la fecha han invertido 5.450 millones de dólares, habiendo presupuestado inicialmente unos 3.200 millones (cifra considerablemente inferior al coste estipulado por los demás competidoresen la puja).

Según datos oficiales, la ampliación ha sido costeada completamente por la ACP con los flujos de caja procedentes de su actividad y con una financiación parcial de aproximadamente 2.300 millones de dólares procedentes de cinco agencias multilaterales, pactado a 20 años y con 10 años de gracia.

La ampliación ha sido un trabajo de alta ingeniería que, además, ha enfrentado problemas menos técnicos como las huelgas de trabajadores en enero y abril de 2012, en las que exigían nóminas pendientes por parte de GUPC.

Fuente: El Mundo obtenida de Sacyr.
En 2014, GUPC paró la obra para reclamar pagos compensatorios y diferencias varias entre cliente y contratista (en torno a 1.600 millones en aquel momento), sobrecostes totales que hoy se cuantifican en unos 3.200 millones. Difícilmente sabremos la cifra exacta que se obtendrá hasta que se resuelva el conflicto. Ya existen antecedentes de fallos de tribunales a favor del consorcio, a través de los cuales se ha conseguido recuperar hasta el 52% de la cantidad demandada en algunos casos.
Además, otro efecto a tener en cuenta es que, de acuerdo con la Cámara de Comercio, Industrias y Agricultura de Panamá (CCIAP), de 2007 a 2015, el país ha tenido un crecimiento acumulado del salario mínimo superior al 60%, llegando a ser el más alto de América Latina. Efecto no desdeñable cuando, según datos oficiales de Sacyr, hasta 35.000 panameños han trabajado en las obras de ampliación. Por todo ello, aunque el proyecto haya terminado, comienza ahora el verdadero reto de Sacyr, obtener rentabilidad de la obra.

Buscando otro punto positivo, Panamá cuenta con un plan de inversiones de 19.000 millones en infraestructuras en los próximos 5 años, por tanto, las empresas españolas interesadas deberán estar atentas y aprovechar la experiencia. Toca prestar atención a las palabras de Juan Carlos Valera, Presidente de Panamá, quien afirmó que:

“Esperamos que las empresas que participaron en la ampliación participen en más obras en Panamá”


Juan Abascal Alonso

Técnica legislativa: Recuperando el sentido común

HAY QUE HACER UN ESFUERZO PARA EVITAR EL DESCENSO EN LA CALIDAD DE LAS LEYES Y SU UTILIZACIÓN COMO INSTRUMENTOS DE INGENIERÍA SOCIAL
La técnica legislativa de los últimos tiempos deja bastante que desear. La sociedad española es víctima de textos que en ocasiones son excesivamente extensos, farragosos, reiterativos y poco claros; redacciones que se modifican antes de entrar en vigor; apartados añadidos para ser de nuevo suprimidos tiempo después. ¿Tiene esto algún sentido?
 
Esta situación debería provocar sonrojo en un país en el que, como se pudo comprobar en el siglo XX, el Estado de Derecho precedió al Estado democrático. Son muchas las leyes que, por su calidad técnica y por ser suficientemente garantistas para el ciudadano, superaron holgadamente el listón puesto por la Constitución de 1978 y permanecieron vigentes tiempo después.
 
Me estoy refiriendo a normas como la Ley de la Jurisdicción Contencioso-Administrativa de 1956 o la Ley sobre Régimen Jurídico de la Administración del Estado de 1957, sin olvidarme de la Ley deExpropiación Forzosa de 1954, que sigue vigente en 2016 en una materia tan delicada como es la privación de la propiedad privada.
 
La Ley de suspensión de pagos de 1922 estuvo vigente hasta2004. La vigente Ley22/2003, Concursal, ha sido modificada hasta en veintinueve ocasiones. Los hechos hablan por sí solos. Desde el Ministerio de Justicia no queremos pecar de simplistas, somos conscientes del aumento de la complejidad de los negocios y del aumento del tráfico mercantil. Pero el ciudadano se merece un marco jurídico claro, especialmente cuando llegan momentos difíciles, como en el caso de un concurso de acreedores. Trabajaremos para ello con todo nuestro esfuerzo.
 
Para concluir, me gustaría hacer un apunte sobre la naturaleza la ley. Señalaba Tomás de Aquino que la Ley es la “ordenación de la razón, dirigida al bien común y promulgada solemnemente por aquél que tiene el cuidado de la comunidad.” Las leyes deben ser justas, sencillas, breves en la medida de lo posible y asépticas. Esta última idea es fundamental, y es uno de los puntos débiles de nuestros textos legislativos contemporáneos.
 
No se debe permitir que la Ley se convierta en un instrumento de ingeniería social para avanzar agendas partidistas. Se trata simplemente de buscar el bien común, no de contentar a lobistas y amigos. El Estado debe ser un mero árbitro que establezca las reglas de juego y se encargue de su estricto cumplimiento. Las grandilocuentes declaraciones de principios filosóficos, políticos, económicos, sociales y de comportamiento pertenecen a las estanterías de las librerías, no a los textos que salen del Parlamento.

La Ley Orgánica2/2006, de Educación, modificada con polémica por la Ley Orgánica 8/2013, para la mejora de la calidad educativa (la famosa “LOMCE”), es un buen ejemplo de este problema. Esta Ley Orgánica 2/2006 contiene en su artículo 1declaraciones tan rimbombantes como que el sistema educativo español se inspira en principios como “La concepción de la educación como un aprendizaje permanente, que se desarrolla a lo largo de toda la vidao El reconocimiento del papel que corresponde a los padres, madres y tutores legales como primeros responsables de la educación de sus hijos”.
 
Son frases muy bonitas, pero vacías de contenido: el aprendizaje será permanente en la medida en que así lo desee la persona que aprende; y sí, estoy de acuerdo en que los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos, pero no porque lo diga una ley. Finalmente, nótese la mención expresa a “las madres” en el precepto legal, como si alguna madre con un mínimo de cultura se sintiese excluida de la responsabilidad educativa al leer “los padres”: todo un triunfo de la agenda feminista-progresista. El virus de la ideología de género avanza silencioso pero con paso decidido, y se hace necesario detener este avance antes de que sea demasiado tarde: con la naturaleza humana no se debe jugar.
 
Muchas de estas declaraciones de principios contienen ideas que pueden hacer avanzar a una sociedad en la buena dirección, de eso no hay duda. Sin embargo, la mejor manera de conseguir ese avance es simplificar el marco legal en el que se mueven las personas, respetando el principio de subsidiariedad, y hacer leyes de calidad que permitan la realización efectiva de los principios enunciados. Nos pondremos manos a la obra.
 
Amadeo Lora

¡No es la economía, estúpido!

SI CONSTRUIMOS EUROPA SOBRE LO ECONÓMICO, SE DERRUMBARÁ

Ando leyendo estos días uno de esos libros que te cambian un poco la vida: El mundo de ayer, de Stefan Zweig. Estoy seguro de que muchos lectores de El Ala Oeste de la Moncloalo han leído. Para quien no lo haya hecho aún: pocas opciones mejores se me ocurren como lectura de verano. ¿De qué va la obra? Es una autobiografía en la que el genial escritor alemán (¡qué descubrimiento!) nos habla de un mundo –el suyo: la Europa del siglo XX– que, en apenas treinta años, se desintegró por completo.

Una de las partes del libro que más me ha impactado es el capítulo en el que Zweig describe el ambiente que se respiraba en Austria, su país natal, pocos días antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial. La situación era: el archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona del Imperio austrohúngaro, acababa de ser asesinado junto con su esposa en Sarajevo. No se trataba, desde luego, de una simple anécdota: ¡habían asesinado al futuro rey de una de las naciones más importantes de Europa! Por eso el testimonio de Zweig es tan impactante:
“Ni los bancos ni las empresas ni los particulares cambiaron sus planes. ¿Qué nos importaba aquella eterna disputa con los serbios que, como todos sabíamos, en el fondo había surgido a causa de unos simples tratados comerciales referentes a la exportación de cerdos serbios? Yo había preparado las maletas para mi viaje a Bélgica, a casa de Verhaeren, y tenía mi trabajo bien encaminado: ¿qué tenía que ver el archiduque muerto y enterrado con mi vida? Era un verano espléndido como nunca y prometía serlo todavía más; todos mirábamos el mundo sin inquietud. Recuerdo que en mi último día de estancia en Baden paseé con un amigo por los viñedos y un viejo viñador nos dijo:
No hemos tenido un verano parecido desde hacía mucho tiempo. Si sigue así, tendremos una cosecha nunca vista. ¡La gente recordará este verano!
Aquel viejo con delantal blanco de tonelero no sabía qué verdad tan terrible encerraban sus palabras”[1].
No se me asusten: no voy a profetizar el estallido de la Tercera Guerra Mundial. Pero el relato de Zweig me sirve para reflexionar sobre un tema que ya traté en mi último post y que hoy, con su permiso, quiero retomar: la paz.

La paz, hoy en día, es algo que damos por hecho. A nadie se le pasa por la cabeza que, en pleno siglo XXI, la paz sea algo de lo que preocuparse. Y creo firmemente que, al pensar así, nos equivocamos. La paz no es fruto del progreso (o según qué progreso, ya me entienden…): la paz es fruto de la justicia. Y la justicia es algo por lo que siempre hay que luchar: día a día, minuto a minuto, cada uno a su nivel, en sus peculiares circunstancias. Un magistrado al que escuché pronunciar una conferencia hace poco no lo pudo expresar mejor: “la justicia no es un estado, sino un camino”. Jamás llegará el día en el que la justicia (y, por tanto, la paz) esté garantizada al 100%.

Ante semejante panorama, más de uno podría desanimarse… A muchos les ha pasado. Aún recuerdo el mal cuerpo que me dejaron las palabras –tan escépticas y vacías de esperanza– de Albert Camus en El mito de Sísifo:

“La certidumbre de un Dios que diera su sentido a la vida supera mucho en atractivo al poder inmune de hacer el mal. La elección no sería difícil. Pero no hay elección y entonces comienza la amargura”[2].  
Yo no coincido con Camus: el hombre es demasiado grande como para considerarlo absurdo. La lucha por la justicia –la lucha por la paz– sí tiene sentido. Aunque es una lucha en la que, al menos en esta vida, nunca nos daremos por satisfechos del todo. Por eso el hombre de hoy necesita, más que nunca, abrirse a la trascendencia. En una palabra: el hombre debe darse cuenta de su grandeza. Y para eso, querida Europa, hay que dejar de entender al hombre como homo œconomicus.

Cada vez lo veo más claro: los europeos de hoy pensamos que la paz está basada, única y exclusivamente, en el orden económico. Somos como aquellos austriacos de los que nos habla Zweig, que, en su ingenua inocencia, pensaban que el conflicto entre Austria y Serbia se reducía a unos simples tratados comerciales sobre la exportación de cerdos.  

La paz es una empresa demasiado grande como para abordarla desde una concepción del hombre tan corta de miras o –perdón por la expresión– tan ridícula. ¡Nuestras aspiraciones van mucho más allá de lo económico! Si construimos Europa sobre lo económico, se derrumbará. Si el hombre se redujese a simple economía, Brexit nunca habría sucedido. Qué actual es el reto que nos planteó aquel admirable santo polaco hace más de 20 años: “te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: ¡vuelve a encontrarte, sé tú misma!”.

En fin, no quiero alargarme más… Terminaré con unas palabras de un grandísimo –y, lamentablemente, poco conocido– pensador europeo (italiano, para más señas): Giuseppe Capograssi. Allá van:

“Es necesario tener la locura o la necedad de estar persuadidos de que cada uno de nosotros puede y por tanto debe transformar el mundo (…). La vieja Europa, en esa parte donquijotesca de ella, que constituye verdaderamente su grandeza, no ha sido sino esta locura (…). Mantengámonos fieles a esta locura”[3].
Yago Fernández


[1] Zweig, Stefan, El mundo de ayer, Acantilado, Barcelona, 2008.
[2] Camus, Albert, El mito de Sísifo, Alianza Editorial, Madrid, 1996.
[3] Llano, Ana, Giuseppe Capograssi: Del nihilismo a la esperanza. Un camino a recorrer hoy, Anales de la Cátedra Francisco Suárez, 43, 2009. 

A vueltas con el IVA

ES HORA DE BAJAR EL IVA E INCENTIVAR EL CONSUMO.
SOBRECARGARLO DE COSTES ES MATAR LA RECUPERACIÓN
El IVA es el principal impuesto indirecto en España. Los impuestos indirectos gravan la demostración de riqueza. Esto quiere decir que, en este impuesto, el Estado no recauda en base a los ingresos (como el IRPF o el IS) o en base al patrimonio, sino que el hecho imponible ocurreal adquirir algún bien o servicio, al consumir. Los que deben soportar el impuesto son los consumidores finales, aunque las encargadas de su liquidación serán las empresas que ejercen de intermediarias en el proceso.

El IVA tiene tres tipos: el tipo normal, el reducido, y el superreducido. Los dos últimos sólo se pueden aplicar a determinados bienes y prestaciones de servicios, pero el Gobierno tiene una potestad amplia a la hora de fijar la cuota de cada tipo. La Unión Europea pone unos mínimos del 15% para el tipo normal y del 5% para el tipo reducido, siendo el tipo superreducido una especialidad de España.

El tipo general del IVA ha subido de manera constante desde su introducción en España en 1986. Comenzando en un 12%, en 2010 se produjo la primera subida en 14 años, pasando al 18%. En 2012 este porcentaje volvió a aumentar hasta el 21%. Es decir, en un espacio de poco más de dos años se aumentó el IVA en un 5% en su tipo general y un 2% en su tipo reducido (hasta el 10%). Estas subidas fueron causadas por la caída de la recaudación consecuencia de la crisis económica.
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Recaudación del IVA según la base de datos del Ministerio

¿Cómo afectaron estas subidas a la recaudación del impuesto? En 2010, ante una subida del 2% del tipo general, aumentó en 16.000 millones, pero en 2012 ante una subida mayor (3%) apenas aumentó en 1.500 millones. La subida entre 2011 y 2012 ya había sido de 1.100 millones, por lo que apenas tuvo efecto más allá del crecimiento interanual. Con la recuperación del PIB la recaudación ha aumentado, pero ya nos situamos en niveles de recaudación superiores a los anteriores a la crisis, y a pesar de ello los tipos no se han reducido. El PIB de 2015 está en un nivel similar al de 2007, y sin embargo la recaudación del IVA ha crecido en casi 4.500 millones de euros.
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Sobrecargar de costes el consumo es matar la recuperación
¿Qué efecto tiene mantener tipos altos del IVA? El IVA encarece los precios del consumo. Un bien o servicio sujeto al régimen general ve aumentado su precio en un 21%. Esto tiene tres posibles consecuencias: que los ciudadanos paguen más por consumir (disminuyendo su renta disponible para otros bienes o servicios), que las empresas abaraten sus productos para mantener el precio final para el consumidor (disminuyendo su margen de beneficios y empeorando el resultado de la compañía), o una combinación de ambas, en que la empresa no traslade toda la carga del IVA a los ciudadanos, sólo una parte ella.
Una bajada del IVA al 18% (nivel que ya proporcionaba una amplia recaudación en consonancia con el PIB español) podría producir un efecto muy positivo sobre el consumo, especialmente en un momento de incertidumbre con la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Es injustificable mantener una presión fiscal elevada cuando el país está en plena recuperación. En estos momentos lo que el Gobierno debe hacer es relajar la presión fiscal y fomentar la creación de riqueza, y para ello debe fomentar el consumo. El incumplimiento del déficit no puede servir de excusa para no rebajar el tipo, cuando el efecto de la subida al 21% apenas ha supuesto un aumento de la recaudación.
La recuperación de un país comienza por las empresas privadas, y para que estas funcionen es necesario que se consuman sus bienes y servicios. Sobrecargar de costes el consumo es matar la recuperación, y por ello el Gobierno debe tener especial sensibilidad en este tema, fomentando el intercambio de bienes y servicios sin poner trabas al consumo.

Gonzalo Aguilar