Fronteras con Derechos: Lecciones del Ejército español

EL “QUÉ” A VECES NO ES TAN IMPORTANTE COMO EL “CÓMO”, Y EN EL “CÓMO” ES DONDE NUESTRO EJÉRCITO MARCA LA DIFERENCIA. DEFIENDE LAS FRONTERAS, Y ES QUE LAS FRONTERAS SON NECESARIAS, PERO LAS DEFIENDE CON DERECHOS. LOS DERECHOS HUMANOS SON INCLUSO MÁS INVIOLABLES QUE LAS FRONTERAS. POR ESO LA VIRTUD ESTÁ EN EL PUNTO MEDIO, DEFENDIENDO UNAS FRONTERAS IMPREGNADAS DE DERECHOS. AÚN NOS QUEDA MUCHO POR MEJORAR, PERO ESPAÑA VIRA EN BUENA DIRECCIÓN.

Las fronteras existen desde que existe el hombre. Viene en nuestra propia naturaleza, querer limitar lo nuestro, querer defenderlo. Ayuda a controlar y el control es seguridad. Nos hace sentir parte de un ente mayor. La frontera delimita al Estado, pero también lo crea. America for the americans, os suena, ¿no? La situación española nos hace ser el único país europeo con territorio en África, y esto abre una puerta a los africanos, y eso que España se empeña en poner cerrojos. Europa además, actúa de portero aunque últimamente solo media jornada. Sus fronteras en el este le requieren más atención, y dinero.

Desde que empezó el 2017, más de 1000 migrantes han intentado cruzar la valla que separa España y Marruecos. Esta vez, la mayoría lo consiguieron. A principios de febrero, Rabat hizo un comunicado bastante alarmante sobre las posibles consecuencias que tendrá si se siguen poniendo trabas al Acuerdo de Agricultura firmado en 2012 con la Unión Europea. Hace unas semanas, más de 300 subsaharianos saltaron la valla de Ceuta. El mundo está lleno de casualidades, ¿verdad? Rajoy, impregnado del principio de buena fe, agradeció la colaboración del Magreb y, es que tampoco debemos ser injustos. Ambos ejércitos han colaborado conjuntamente más años de los que yo llevo viviendo. Y les debemos agradecer mucho. Quizás el país cojee un poco (bastante) en lo que a derechos humanos se refiere, no obstante, las relaciones, sobre todo en temas de migración entre ambos países, son muy buenas.

Podemos estar a favor o en contra de las vallas, podemos abogar por un mundo sin fronteras, o podemos hacerlo por un mundo bien delimitado. Pero la realidad no es la que nosotros queremos. La realidad es la que es, y España tiene unos bonitos 20 kilómetros de valla que han dado mucho de qué hablar. Me gustaría reflexionar sobre qué puede hacer España en su frontera sur y más concretamente, qué puede hacer nuestro ejército allí desplegado. La realidad es que el ejército debe actuar conforme al Estado de Derecho que presumimos de ser. Actuar conforme a los derechos humanos, de los que tanto nos llenamos la boca hablando en las cumbres internacionales.

Creo que la cuestión no está en el “qué” porque el “qué” no lo elige el ejército, lo elige la ley, y si la ley dice que se repatría al inmigrante irregular, se le repatría. Si la ley dice que se les puede dar la nacionalidad, se les da. Si la ley dice que las fronteras de un estado son inviolables, lo son. El ejército no se mete ahí, y yo menos. La ley está para cumplirla, y el ejército para defenderla, como lo ha hecho en todos estos años. Creo que la cuestión está en el “cómo”, en el  cómo se trata al inmigrante (que no está disfrutando precisamente de un viaje de placer por las turísticas tierras de Ceuta).

Y de nuevo, nos deberíamos quitar todos el sombrero ante nuestro ejército, que trata a las personas como personas, que ayuda a construir tiendas de campaña, a repartir alimentos, ropa, mantas, que da asistencia sanitaria si está en sus manos… Lo que no significa que luego no se cumpla la ley, lo que no quita que defienda al máximo la frontera. Pero si hablamos de poner  y quitar,  lo que el ejército no quita a nadie es su condición humana, y su dignidad. No quiero señalar a ningún país, pero parece que vivimos en un mundo donde la dignidad parece venir ligada a la nacionalidad. Los derechos parecen cada día más exclusivos. Para nosotros sí, para los demás nos cuesta un poquito más reconocerlos. Por eso, de nuevo, creo que España vuelve a ser un ejemplo, cumpliendo el derecho, pero el derecho entero. No solo el que más nos conviene. El ejército defiende las fronteras, pero trata a las personas como eso, personas. Ojalá esto fuera una obviedad, ojalá fuera algo tan común y tan extendido  que no hubiera necesidad de alabarlo. Ojalá fuera un “qué menos” (qué menos que se trate a las personas como personas), pero la realidad, tristemente, demuestra que no lo es.

Por lo tanto, no me quiero centrar en qué hace o qué deja de hacer el ejército en Ceuta y Melilla, quiero aplaudir el cómo lo hace. Creo que, de nuevo, podemos estar orgullosos de nuestro ejército, más humano cada día. Y de España, defensora de los Derechos Humanos, que no parece olvidarse que están dirigidos a ellos, los humanos. ¿Demasiado obvio? Ojalá.

Miki Barañano
Ministra de Defensa de AOM

YAK 42: Después de la (re)tormenta, vuelve la calma

EL CONSEJO DE ESTADO REABRE EL CASO, LA PRENSA NO PIERDE UN MINUTO; LOS POLÍTICOS MÁS DE LO MISMO. REAPARECE LA TORMENTA. DE NUEVO SE VUELVE A DETERMINAR LA AUSENCIA DE RESPONSABILIDAD PENAL. POR SEXTA VEZ. UN MES DESPUÉS, YA NADIE HABLA DEL “FAMOSÍSIMO Y ESCANDALOSÍSIMO” YAK 42. TODO VUELVE A LA CALMA, PARA TODOS. PARA TODOS, MENOS PARA TRILLO.  EN OTROS 10 AÑOS, QUIZÁ HASTA CONSIGAN HACERLE CULPABLE, TODO SEA POR SEGUIR HUNDIENDO LO QUE YA ESTÁ HUNDIDO
Dicen que nunca es tarde si la dicha es buena. Hasta cinco veces ha pedido perdón Cospedal en nombre del Gobierno. Y no esperábamos menos. A Trillo, a lo mejor, hasta le ha parecido demasiado. A los familiares de los 62 militares  fallecidos en el accidente del Yakovlev 42D se les queda corto. Ese 26 de mayo de 2003 parecía que no se hablaría de nada más, o de nada  tan mediático como esta tragedia. Una vez más estábamos equivocados. Y es que así es la prensa, se habla de lo que vende. Hace pocos meses, El Consejo de Estado reabrió el caso, la prensa no tardó en seguirlo, y transmitirlo, y retransmitirlo, más feroces que nunca, con más ansias de comparecencias mediáticas.
 
La izquierda más de lo mismo. Parece que en estos 13 años no habían tenido tiempo de hablar sobre ello. Ahora que vende, no paran. Podemos se lleva la guinda del pastel.  Pablo no puede evitarlo, le pueden sus ansias de que le vean, de que se hable de él. En la comparecencia de Cospedal fue, por supuesto, el líder (indiscutible) quien se dirigió a la ministra.  Claro que tiene portavoz de su partido en la Comisión de Defensa, pero al señor Iglesias le gusta hacer horas extra, sobre todo si van a ser portada.  Por su parte y como cabeza del Ministerio de Defensa, Cospedal asumió como propias las conclusiones del Consejo. Las reparaciones económicas ya fueron satisfechas, las morales al parecer, siguen 14 años después a flor de piel.  Poco se puede hacer para consolar a las familias.
La mala gestión del ministerio en su momento es indudable, pero confundir una mala gestión con un comportamiento ilegal e inmoral, como se le acusa, es muy distinto. Antes de nada, es crucial llamar a las cosas por su nombre,  y el propio Consejo concluyó la “ausencia de responsabilidad penalmente relevante” No ha sido una ni dos, sino seis las resoluciones judiciales que eximieron de culpa al ex Ministro. 
 
Según los medios, Trillo fue absuelto, dicen, e incluso premiado (o consolado) con la Embajada en Londres. Puesto controvertido cuanto menos, no solo por su pasado, sino también por la naturaleza política del Embajador. No obstante, no ha sido el primero ni será el último ministro en terminar su vida pública en un puesto semejante. Que se lo digan al PSOE, esto les debe sonar.
 
Según parece, Trillo ha tenido una estancia muy polémica en Londres. En estos días, la prensa habla de todo. Critican al ex Embajador por no hablar inglés, parece ser que Leire Pajín, por ejemplo, que desempeña ahora un cargo en la ONU, es poco menos que bilingüe. Ella no es polémica, por eso no importa. En cambio a la prensa le parece relevante, incluso, que Trillo sea un hombre de misa diaria.
 
Nos han vendido que la causa del siniestro fue el mal estado de los aviones, cuando realmente, y en palabras del Consejo, se atribuyen al cansancio y mala preparación de los pilotos. ¿Significa que el Ministerio lo hizo bien? No. Como informa El País, “el hecho de que no hubiera delito no implica que no hubiese ninguna responsabilidad”.  La Ministra ya asumió como propias las conclusiones del Consejo del Estado. La actuación del ministerio en su momento no fue la adecuada, nadie lo ha negado, ni siquiera Trillo. Aunque eso les pese mucho.
 
El perdón no parece ser suficiente. No parece haber saciado la opinión pública. Y menos aún al señor Iglesias que quizás tenga que esperar otros diez años para ver si hay suerte y acusan a Trillo, y poder así seguir utilizando esta tragedia con fines políticos. Hoy por hoy, el perdón debería bastarle
 
Miki Barañano

Quizás uno más, quizás protagonistas

TRUMP PROMETE CAMBIAR LAS REGLAS DEL JUEGO, LA REALIDAD
INTERNACIONAL ASÍ LO DEMANDA.  SI ESPAÑA JUEGA BIEN SUS CARTAS,
LOS LAZOS ENTRE AMBOS PAÍSES NO HARÁN MÁS QUE ESTRECHARSE.
Las campañas electorales americanas ya presagiaban que el orden mundial no seguiría siendo el mismo, o al menos, no seguiría movido por los mismos intereses. Trump ya ha despertado a la comunidad internacional. Si es fiel a sus promesas electorales, pone en jaque a todo el movimiento liberal; claramente, no ha visto que una solución emanase del multilateralismo de Obama. Podría decirse que está abriendo las ventanas de par en par al más frío y controlador realismo, dónde priman los intereses nacionales, o debería decir, la seguridad nacional. Su famoso “America First” no promete menos.
 
Lejos de querer reflexionar acerca de la nueva política exterior americana que tiene en vilo al mundo, y dado que mi compañero de Exteriores la analizaría mejor, me centraré en qué va a mover estas nuevas relaciones diplomáticas. Hace unos pocos días, Rajoy y Trump mantuvieron una llamada de telefónica de apenas unos 20 minutos. No se necesita mucho tiempo cuando los intereses están claros. O a lo mejor, es una muestra de la importancia que tiene España para el nuevo presidente. Sea como fuere, solo el tiempo aclarará el papel  que España jugará con respecto al gigante americano, que asusta más que nunca. Tomando la iniciativa, Rajoy se apresuró a mantener contacto con Trump. Esperar hasta la próxima cumbre de la OTAN era demasiado. No se juega con el tiempo que no se tiene. Con una amenaza común, los objetivos no necesitaban ser discutidos. Los medios, quizás,  un poco más. Seguridad, defensa, y terrorismo. Esas fueron las ideas más repetidas, y no es para menos.
 
Más allá del desprecio generalizado de Trump al mundo, la posición geoestratégica de Españajuega a nuestro favor. Todo esto, claro está, si Trump encuentra el perfecto equilibrio entre sus ya conocidos deseos de amistad con el Kremlin, y con los demás países que le son necesarios en su nuevo juego.

España tiene la posición geoestratégica, EE.UU tiene los medios

 

En este sentido es indudable e indiscutible lo relevante de la posición española. Controlando el norte de África, cerrando Europa en su rama más occidental, una posición atlantista mojada por el Mediterráneo. Y que hablar de sus lazos históricos, no solo con sus socios europeos (que por supuesto) sino con los propios Estados Unidos, y con América del Sur, aunque eso ha Trump le de más igual.
 
Lo que está claro es que si hablamos de una estrategia ligada a la seguridad, España es un socio básico. Indispensable, me aventuraría a decir. Desde 1988 ambas potencias disfrutan de un Convenio mutuo de Cooperación para la Defensa. De hecho, hace menos de un año se firmó el tercer protocolo a dicho convenio, reforzando aún más las actuaciones comunes. EE.UU usa desde 2013 algunas bases aéreas españolas para una intervención rápida en el Norte de África. En Morón por ejemplo pueden haber desplegados hasta 2200 militares y más de 25 aeronaves.  Tantas cesiones tienen su explicación, y es que como Morenés aclaró,  la relación más importante para España en temas relacionados con seguridad y defensa es Estados Unidos.
 
Trump supondrá un giro a todas las relaciones diplomáticas; parece que la corriente realista vuelve a ganar seguidores, pero España tiene unos buenos cimientos para construir un nuevo proyecto, y es que, si se empiezan a primar más los intereses militares que los económicos, los lazos entre ambos se estrecharán aún más. Las cartas están ya sobre la mesa. El yihadismo no distingue entre países dentro de occidente.
 
Nada une más que un enemigo común. España tiene la posición geoestratégica, EE.UU tiene los medios. Ellos tienen lo que a nosotros nos falta, nosotros tenemos lo que ellos necesitan.

Miki Barañano

Democracia y Unión Europea: ¿ideas irreconciliables?

NO ESTÁ NADA CLARO QUE EL ESTADO-NACIÓN SEA UNA CONDITIO
SINE QUA NON DE LA DEMOCRACIA. EL ESTADO SOBERANO NO ES
MÁS QUE UN FENÓMENO HISTÓRICO.

Últimamente no dejamos de oír hablar sobre el déficit democráticode la Unión Europea[1]. Cada vez hay más políticas europeas intrusivas(es decir, decisiones que anteriormente correspondían a los Estados) que no resultan fácilmente comprensibles para la opinión pública. Este es, sin duda, uno de los problemas cruciales a los que debe enfrentarse la Unión Europea, tan cuestionada últimamente por movimientos de corte populista.

¿Es verdaderamente posible hablar de democracia en la Unión Europea o, por el contrario, se trata de dos conceptos por completo indisolubles?
La democracia es, sin duda, un concepto complejo, difícil de definir. Pero parece claro que todos compartimos una misma idea básica de democracia: el gobierno del pueblo (o demos).
Así, para hablar de democracia hay que identificar primero a un cuerpo ciudadano, a un demos. Se dice a veces que una determinada comunidad política es deficiente democráticamente precisamente porque su demos no cumple las características que harían de él “un auténtico demos”. ¿Cuáles son estas características?

Una teoría bastante extendida sostiene que un demos propiamente dicho exige que sus miembros tengan un sentimiento de verdadera identificación común. En palabras de Bayón, «lo que exigiría un demos en el sentido material sería primordialmente (…) una creencia compartida entre los miembros del demos formal de que el “pueblo” en el que desde un punto de vista normativo ideal debería desarrollarse el gobierno democrático coincide a grandes rasgos con la circunscripción existente»[2]. Si este acuerdo no existiese, las decisiones mayoritarias serían percibidas por quienes pierdan la votación y no se sientan auténticos miembros de la comunidad política como una imposición ajena y, por tanto, injustificada.

Se dice a menudo que no puede haber un demos en el sentido material sin una homogeneidad cultural y lingüística. Dicho de otra forma: cualquier demos tiene que descansar sobre la base de un ethnos común.

El rapto de Europa, de Jean-François de Troy (1716). The National Gallery of Art, Washington, D.C.
.
De acuerdo con esta teoría, existe una estrechísima relación entre democracia y estado-nación. Así, los estados plurinacionales con agudas divisiones lingüístico-culturales no serían otra cosa que comunidades democráticas endebles, escasamente integradas y difícilmente duraderas (como decía Stuart Mill, «las instituciones libres son casi imposibles en un país compuesto por nacionalidades diferentes»[3]). Por esta razón, sería improbable que sistemas de gobierno supranacional como la Unión Europea lleguen a convertirse en un superestadosoberano (ni siquiera federal).

No obstante, son varias las objeciones que pueden oponerse a la anterior idea. En primer lugar, es históricamente incorrecto considerar la identificación cultural y lingüística como algo ya dado, ajeno por completo al proceso político. Por el contrario, muchas naciones son el resultado de procesos de construcción nacional (nation-building)[4].

En segundo lugar, se ha llegado a decir que la identificación cultural y lingüística es por completo innecesaria para que exista un demos en sentido material. Conforme a esta postura (conocida como patriotismo constitucional), lo único necesario para lograr la cohesión en una comunidad política democrática es la lealtad compartida a un orden constitucional apreciado. Dado que la formación de un auténtico demos no depende de lazos prepolíticos, sino del reconocimiento voluntario de un orden constitucional, nada impediría que pudieran constituirse comunidades políticas democráticas de carácter estable y duradero a cualquier nivel (aun cuando este fuera superior al de los estados-nación actuales).

Por último, se ha dicho que el correcto funcionamiento de una comunidad política democrática no requiere la existencia de ningún tipo de lealtades (ni nacionales ni puramente cívicas o políticas), pues la aceptación de la decisión de la mayoría no es más que el resultado de un complejo cálculo que muestra que, a largo plazo, uno estará mejor formando parte de ese demos que en cualquier otra alternativa posible. Así, pues, no habría razón para pensar que sólo los estados-nación pueden llegar a ser comunidades políticas democráticas estables y duraderas[5].

Como puede observarse, no está nada claro que el estado-nación sea una conditio sine qua non de la democracia. El estado soberano no es más que un fenómeno histórico. Otras formas de organización política han existido en el pasado y existirán en el futuro.

En el actual contexto de globalización, son cada vez más los problemas globales que requieren soluciones globales. A esta exigencia responden, precisamente, procesos de integración supranacional como la Unión Europea. Y no lo olvidemos: la Unión Europea es el resultado de una conjunción parcial de soberanías, de manera que ningún Estado miembro es plenamente soberano (sin que pase a serlo tampoco la Unión resultante). Se hace cada vez más difícil, por tanto, sostener la vigencia del estado-nación, lo que exige –qué duda cabe– superar la visión estatalista de la democracia.

Yago Fernández


[1]Jiménez-Blanco, José Ignacio, La Unión Europea y el déficit democrático, El Confidencial, 6 de diciembre de 2011; Sotelo, Ignacio, Crisis y déficit democrático en la UE, El País, 26 de marzo de 2012; Del Castillo, Carlos, Doce ideas sobre el futuro de la Unión Europea, Público, 20 de mayo de 2014.
[2]Bayón, Juan Carlos, ¿Democracia más allá del Estado?, Isonomía, núm. 28, 2008.
[3] Stuart Mill, John, Considerations on representative government, 1861.
[4]Así, por ejemplo, los estados africanos cuyas fronteras abarcan territorios que pertenecen a distintos
grupos étnicos y tribus.
[5] Sánchez-Cuenca, Ignacio, The political basis of support of European integration, European Union Politics, núm. 2, 2000.

¡No es la economía, estúpido!

SI CONSTRUIMOS EUROPA SOBRE LO ECONÓMICO, SE DERRUMBARÁ

Ando leyendo estos días uno de esos libros que te cambian un poco la vida: El mundo de ayer, de Stefan Zweig. Estoy seguro de que muchos lectores de El Ala Oeste de la Moncloalo han leído. Para quien no lo haya hecho aún: pocas opciones mejores se me ocurren como lectura de verano. ¿De qué va la obra? Es una autobiografía en la que el genial escritor alemán (¡qué descubrimiento!) nos habla de un mundo –el suyo: la Europa del siglo XX– que, en apenas treinta años, se desintegró por completo.

Una de las partes del libro que más me ha impactado es el capítulo en el que Zweig describe el ambiente que se respiraba en Austria, su país natal, pocos días antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial. La situación era: el archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona del Imperio austrohúngaro, acababa de ser asesinado junto con su esposa en Sarajevo. No se trataba, desde luego, de una simple anécdota: ¡habían asesinado al futuro rey de una de las naciones más importantes de Europa! Por eso el testimonio de Zweig es tan impactante:
“Ni los bancos ni las empresas ni los particulares cambiaron sus planes. ¿Qué nos importaba aquella eterna disputa con los serbios que, como todos sabíamos, en el fondo había surgido a causa de unos simples tratados comerciales referentes a la exportación de cerdos serbios? Yo había preparado las maletas para mi viaje a Bélgica, a casa de Verhaeren, y tenía mi trabajo bien encaminado: ¿qué tenía que ver el archiduque muerto y enterrado con mi vida? Era un verano espléndido como nunca y prometía serlo todavía más; todos mirábamos el mundo sin inquietud. Recuerdo que en mi último día de estancia en Baden paseé con un amigo por los viñedos y un viejo viñador nos dijo:
No hemos tenido un verano parecido desde hacía mucho tiempo. Si sigue así, tendremos una cosecha nunca vista. ¡La gente recordará este verano!
Aquel viejo con delantal blanco de tonelero no sabía qué verdad tan terrible encerraban sus palabras”[1].
No se me asusten: no voy a profetizar el estallido de la Tercera Guerra Mundial. Pero el relato de Zweig me sirve para reflexionar sobre un tema que ya traté en mi último post y que hoy, con su permiso, quiero retomar: la paz.

La paz, hoy en día, es algo que damos por hecho. A nadie se le pasa por la cabeza que, en pleno siglo XXI, la paz sea algo de lo que preocuparse. Y creo firmemente que, al pensar así, nos equivocamos. La paz no es fruto del progreso (o según qué progreso, ya me entienden…): la paz es fruto de la justicia. Y la justicia es algo por lo que siempre hay que luchar: día a día, minuto a minuto, cada uno a su nivel, en sus peculiares circunstancias. Un magistrado al que escuché pronunciar una conferencia hace poco no lo pudo expresar mejor: “la justicia no es un estado, sino un camino”. Jamás llegará el día en el que la justicia (y, por tanto, la paz) esté garantizada al 100%.

Ante semejante panorama, más de uno podría desanimarse… A muchos les ha pasado. Aún recuerdo el mal cuerpo que me dejaron las palabras –tan escépticas y vacías de esperanza– de Albert Camus en El mito de Sísifo:

“La certidumbre de un Dios que diera su sentido a la vida supera mucho en atractivo al poder inmune de hacer el mal. La elección no sería difícil. Pero no hay elección y entonces comienza la amargura”[2].  
Yo no coincido con Camus: el hombre es demasiado grande como para considerarlo absurdo. La lucha por la justicia –la lucha por la paz– sí tiene sentido. Aunque es una lucha en la que, al menos en esta vida, nunca nos daremos por satisfechos del todo. Por eso el hombre de hoy necesita, más que nunca, abrirse a la trascendencia. En una palabra: el hombre debe darse cuenta de su grandeza. Y para eso, querida Europa, hay que dejar de entender al hombre como homo œconomicus.

Cada vez lo veo más claro: los europeos de hoy pensamos que la paz está basada, única y exclusivamente, en el orden económico. Somos como aquellos austriacos de los que nos habla Zweig, que, en su ingenua inocencia, pensaban que el conflicto entre Austria y Serbia se reducía a unos simples tratados comerciales sobre la exportación de cerdos.  

La paz es una empresa demasiado grande como para abordarla desde una concepción del hombre tan corta de miras o –perdón por la expresión– tan ridícula. ¡Nuestras aspiraciones van mucho más allá de lo económico! Si construimos Europa sobre lo económico, se derrumbará. Si el hombre se redujese a simple economía, Brexit nunca habría sucedido. Qué actual es el reto que nos planteó aquel admirable santo polaco hace más de 20 años: “te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: ¡vuelve a encontrarte, sé tú misma!”.

En fin, no quiero alargarme más… Terminaré con unas palabras de un grandísimo –y, lamentablemente, poco conocido– pensador europeo (italiano, para más señas): Giuseppe Capograssi. Allá van:

“Es necesario tener la locura o la necedad de estar persuadidos de que cada uno de nosotros puede y por tanto debe transformar el mundo (…). La vieja Europa, en esa parte donquijotesca de ella, que constituye verdaderamente su grandeza, no ha sido sino esta locura (…). Mantengámonos fieles a esta locura”[3].
Yago Fernández


[1] Zweig, Stefan, El mundo de ayer, Acantilado, Barcelona, 2008.
[2] Camus, Albert, El mito de Sísifo, Alianza Editorial, Madrid, 1996.
[3] Llano, Ana, Giuseppe Capograssi: Del nihilismo a la esperanza. Un camino a recorrer hoy, Anales de la Cátedra Francisco Suárez, 43, 2009. 

Paz y pacifismo

SIEMPRE ME HA GUSTADO IR A LA RAÍZ DE LAS COSAS CREO QUE ES
IMPORTANTE QUE, EN PRIMER LUGAR, HABLEMOS DE PAZ. Y DE LO QUE NO ES PAZ

Debo reconocer que, cuando nuestro querido Presidente, Julio Wais, me ofreció participar en esta iniciativa, me sorprendió bastante el cargo para el que me propuso: Ministro de Defensa.

Se trata de un cargo complicado, porque los temas que, a priori, le corresponde abordar a un Ministro de Defensa son, por lo general, poco populares. Si existe un Ministerio de Defensa es porque hay algo de lo que defenderse o, si le damos la vuelta a la tortilla, algo (o alguien) que nos ataca. Y qué quieren que les diga: esta reflexión no es demasiado agradable…

Además, a nadie se le escapa que vivimos en una sociedad –Occidente– que, a pesar de ser cada día menos reconocible, aún mantiene ciertas señas de identidad: una de ellas es, a mi juicio, el pacifismo.

En este mi primer post, me gustaría hacer un par de reflexiones sobre paz y pacifismo. Creo que es una buena forma de comenzar mi andadura como Ministro de Defensa. 

En mi opinión, la paz es el fin hacia el que tiende cualquier orden político. Como afirma Gómez Pérez, la paz es uno de los valores esenciales de la convivencia política y social (Virtud, vicio e hipocresía, página 93). Pero… ¿Qué es la paz? No debemos confundir paz con cualquier situación de calma o tranquilidad. En efecto, tal como señala Tomás de Aquino, “si un hombre concuerda con otro, no por espontánea voluntad, sino coaccionado por el temor de algún mal inminente, tal concordia no es verdaderamente paz”. (Suma Teológica).

La verdadera paz es la que nace de la justicia. Sin justicia no hay verdadera paz. Millán-Puelles lo deja bien claro: “la verdadera paz, la que conserva el orden conveniente a los hombres, implica la justicia”. (Sobre el hombre y la sociedad)

El pacifismo, en cambio, rechaza cualquier conflicto, incluso el que pretende restaurar la justicia. En otras palabras: el pacifismo está fundado en el indiferentismo: aceptamos cualquier cosa con tal de que no haya conflicto. Nos repugna el conflicto, sea el que sea.

La verdadera paz es la que nace de la justicia
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Sin embargo, al contrario de lo que postula el pacifismo, no todo conflicto es injusto. Si se pone la justicia en entredicho, debemos luchar por restablecerla.

Un ejemplo: tras los atentados de París, cierto político de moda proponía como solución la empatía. Según el Diccionario de la Real Academia Española, la empatía es la “capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos”. Da igual cuáles fueron los motivos que movieron a los terroristas de París o Bruselas a cometer semejante carnicería: lo que hicieron está objetivamente mal, es contrario a la justicia.

Supongo que nuestro político de moda, con muy buena intención, intentaba expresar lo siguiente: “es mejor el diálogo que cualquier enfrentamiento”. No estoy de acuerdo: no hay diálogo posible con quienes niegan la existencia de la verdad. Lo contrario –el relativismo– implica que, a la larga, acaba triunfando la verdad del más fuerte. Y es probable que, dentro de no demasiado tiempo, haya otros más fuertes que nosotros…

En el fondo, la pregunta que debemos hacernos es: ¿Existe la justicia? ¿Creemos en la justicia? Si la respuesta es negativa, el pacifismo tendría cierto sentido, porque todo –absolutamente todo– podría solucionarse por consenso. Si, por el contrario, creemos que existen actos justos e injustos, el conflicto será inevitable; eso sí: la paz será verdadera.

Ruego al lector que me perdone por esta pequeña divagación filosófica. Siempre me preferido ir a la raíz de las cosas y, si voy a escribir sobre temas de Defensa, creo que es importante que, en primer lugar, hablemos de paz. Y de lo que no es paz.

Yago Fernández