Del decoro o la importancia de respetar las leyes no escritas

Tan solo pedimos que se guarden las formas en el lugar donde está representada la soberanía nacional
A raíz de los últimos debates acontecidos en el hemiciclo -¿deberíamos decir “hemicirco”?- me gustaría hacer una reflexión sobre la importancia de las formas, también -y especialmente- en la vida política. Últimamente hemos asistido al espectáculo de ver la Cámara Baja de las Cortes Generales convertida en una venta de carretera. El Congreso de los Diputados, ese sitio donde las personas que allí se sientan se hacen llamar “señorías”, se ha convertido en un lugar zafio y chabacano. Nada de lo que extrañarse, por otra parte, si nos atenemos a los últimos índices de audiencia de ciertos programas de televisión.
“Bueno -me dirán algunos- y a ti, ¿qué te importa cómo vaya vestida la gente?” Son esos mismos que desconocen o quieren desconocer el tratamiento de usted, que tanto bien hace a la sociedad. Esta forma de dirigirse a las personas, además de mostrar respeto a los mayores y a las personas distinguidas, sitúa en el mismo plano de igualdad en la dignidad a las personas que no son familia o no tienen una amistad íntima, cualquiera que sea su posición social. No se me ocurre mejor igualdad que esta. Además no cuesta dinero, algo que siempre se agradece. “Sistema feudal”, lo llama alguno. Lo que hay que oír.
Pero volvamos a la pregunta. Las formas importan, y mucho. No es lo mismo asistir a un entierro que ir a jugar un partido de tenis. No es lo mismo ir a la playa que ir a un restaurante en la ciudad. Y no es lo mismo estar de botellón que ir a trabajar al Congreso de los Diputados. La Cámara en sí exige un decoro. Nunca hizo falta recordar esto: sus señorías lo guardaban. Por desgracia, en los tiempos posmodernos que corren, se ha extendido la falacia de que todo es opinable. Nada más lejos de la realidad. Como solía decir un gran Abogado del Estado, “no se puede someter a votación la posibilidad de derribar la Giralda”.
No es lo mismo un peinado con rastas que un peinado sin rastas. No es lo mismo una chaqueta que una camiseta. No son lo mismo unos zapatos que unas zapatillas. Y así sucesivamente. Por supuesto, tampoco es lo mismo interrumpir una intervención parlamentaria con gritos, berridos o aspavientos que escuchar respetuosamente y en silencio a quien esté haciendo uso de la palabra. En cuanto a las ovaciones, mejor sería reservarlas para aquellas ocasiones que realmente lo merecieran.
“¿Y quién dicta lo que es aceptable y lo que no, dentro de una Cámara parlamentaria?’’ En el limitado campo de la vestimenta, se puede reconocer sin problema que las convenciones sociales desempeñan un papel muy relevante. Lo que hace trescientos años era un traje de gala, hoy es un disfraz. Y lo que para muchos sigue siendo la norma de vestir imprescindible en un ambiente profesional serio, dentro de equis años puede que no lo sea.
De acuerdo, pero vivimos en el presente, aquí y ahora, y no debemos caer en el error de desechar las convenciones como si fueran algo malo; como si fueran tan solo reliquias del pasado a las que solo carcas y reaccionarios se niegan a renunciar. Las convenciones facilitan la vida en sociedad, la hacen más agradable. Pensemos por ejemplo en esa manía que tiene la gente de comer con cubiertos pudiendo utilizar las manos, o en esos jóvenes maleducadosque tienen por costumbre levantarse en el autobús o en el metro para ceder su asiento a mujeres embarazadas o personas mayores.
“¿Y a dónde quiere llegar el Gobierno? ¿Es que va a prohibir entrar con chándal y rastas al hemiciclo?” Piensa el ladrón que todos son de su condición, dice el refranero popular. No hay que pensar en términos de Reales Decretos y Ordenanzas, sino confiar en la sociedad civil. No hay que confundir las nociones (distintas) de Estado y Sociedad. El primero debe estar al servicio de la segunda. Aqui el orden de los factores sí altera el producto.
 
No será el caso de este Gobierno. No pretendemos invadir la vida de nadie. Tampoco la de sus señorías. El Reglamento del Congreso no será modificado para prescribir cómo se debe acudir al Parlamento. Tan solo pedimos que se respeten esas leyes no escritas que, entre otras cosas, aconsejan lucir un aspecto decente (según las convenciones imperantes en 2016, claro) cuando se entra en el lugar donde está representada la soberanía nacional. Los españoles se lo merecen.
 
Amadeo Lora

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