El déficit y la financiación del Estado

EL DÉFICIT MAL UTILIZADO, PUEDE HUNDIR LA ECONOMÍA
ESTATAL, DESTRUIR EL BIENESTAR DEL PAÍS, Y ACABAR CON LA
CONFIANZA EXTRANJERA EN LAS INVERSIONES NACIONALES
Es noticia estos días en España el déficit. El Gobierno ha incumplido el déficit acordado con Bruselas por casi un punto, teniendo un déficit del 5%, lo que supondrá un ajuste fiscal considerable, posiblemente llevando a nuevos recortes.

Lo primero que viene a la mente es qué significa el déficit y en qué afecta al país. El déficit no es ni más ni menos que el exceso de gasto que el Gobierno realiza sobre los ingresos que adquiere. Cualquier persona que se dedicase a gastar por encima de sus ingresos de manera continuada acabaría en la ruina, pero los gobiernos mundiales se permiten hacerlo con regularidad. ¿Por qué se permite y por qué rara vez ajustan los ingresos con los gastos?

Hay un principio económico que dice que vale más el dinero que se tiene hoy que el dinero que se tiene mañana. Existen múltiples factores que ayudan a esta percepción, como la inflación (por lo que para comprar algo mañana necesitaré más dinero que hoy), la incertidumbre (existen muchos factores de distinta probabilidad que podrían causar que no recibiese nunca el dinero mañana) y la preferencia por lo inmediato (preferimos tener algo desde hoy que tenerlo desde mañana).

Este principio, en el que se basa el negocio bancario, hace que para prestar hoy 100, mañana querré recibir una cantidad superior a esos 100. En el caso del déficit, esta diferencia entre gastos e ingresos se financia mediante endeudamiento, por lo que el Gobierno se compromete a devolver una cantidad mayor que la que ha pedido, obtenida mediante la aplicación de un interés. Los Gobiernos prestan a tipos de interés muy bajos (Alemania ha llegado a pagar tipos de interés negativos) por lo que en muchos casos, tiene más valor el dinero que reciben que el que pagarán finalmente (es decir, 100 € a fecha de hoy tendrán un valor mayor que los 100+x€ que podría devolver el Gobierno al vencimiento de la deuda). Un particular no siempre cuenta con esa opción de intereses bajos, por lo que el apalancamiento bancario tiene que medirse mucho más.
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Determinados partidos creen que el déficit puede ser una barra libre de gasto

Esta capacidad de endeudamiento estatal, sin embargo, tiene varios límites. El primero es la confianza en la continuidad del Estado. Los prestamistas están dispuestos a dejarle dinero al Estado a intereses bajos, porque están seguros de que en el futuro el Estado va a continuar existiendo y siendo solvente. Por ello, en los peores momentos de la crisis la prima de riesgo española crecía, porque los inversores veían más y más probable que España acabase en bancarrota y no pudiese devolverles su dinero. El segundo es la cuota sobre el total del gasto estatal. Los préstamos hay que devolverlos, por lo que no se puede pedir tanto que en un año el repago de los préstamos amenace con recortar servicios públicos. Un dato a tener en cuenta es que el déficit se mide mejor como porcentaje que como total. Por la mencionada inflación anterior, es lógico que las cifras se disparen y cada vez sean mayores. Esto no es problemático, siempre y cuando este aumento sea proporcional a la economía del país.


El déficit bien manejado puede ser una útil herramienta de financiación. A diferencia de las empresas, que antes o después necesitan ingresos para sobrevivir, el Estado puede permitirse un resultado negativo a perpetuidad (siempre y cuando suponga un interés menor que la riqueza que el Estado puede crear con ese dinero extra). El problema surge cuando determinados partidos no entienden cómo funciona esta herramienta y creen que el déficit puede ser una barra libre de gasto. Esto lleva a (1) déficits desmedidos que no se corresponden con la capacidad económica del país; a (2) que en el futuro haya que recortar pensiones, subsidios, becas y servicios porque haya que pagar a los inversores; a (3) que los países se conviertan en la Grecia acosada por la Troika, que quiere recuperar el dinero que anteriormente prestó. Querer gastar más para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos puede tener un efecto trágicamente contrario si no se basa este gasto en un crecimiento real.

En conclusión, el déficit es una buena idea que se aprovecha de las particularidades del ente estatal, por el bajo riesgo que lleva asociado y su enorme capacidad económica respecto a empresas y particulares. Mal utilizado, puede hundir la economía estatal, destruir el bienestar del país, y acabar con la confianza extranjera en las inversiones nacionales.


Gonzalo Aguilar

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