Pasión de muchos, respeto de todos

PROHIBIRLA SERÍA NEGAR LA ACONFESIONALIDAD DEL PAÍS Y LA LIBERTAD DE SUS CIUDADANOS, PORQUE SE OBLIGARÍA A (NO) PRACTICAR LO QUE DICTA EL ESTADO

Como cada año, la Semana Santa levanta no solo sentimientos religiosos, sino también polémicas que ya se han convertido en habituales.

Ya se ha convertido en tópico recurrente la cantinela de los derechos y la libertad de los no creyentes. Seguro que entre su grupo de amistades o familiares hay alguien que no solo se siente ofendido por la celebración, sino que además exige su prohibición.

Creo que aplicar el filtro de la corrección política no procede aquí. Quiero decir, eso de que la Semana Santa ofende y por ende debería prohibirse no me lo termino de creer. La Semana Santa no me ofende a mí, que quizá encajo con la definición de agnóstico. En el calendario español, las fiestas y sus motivos se suceden, y si nos sentáramos a hacer una criba no se libraría ni una: la unanimidad es imposible. Seguro que en Valencia haya gente que le molesta el ruido de las mascletás, lo mismo que en Pamplona más de uno pensará que es un engorro llenar las calles de toros y de personas durante las fiestas de San Fermín. Pero precisamente ahí radica el encanto de las fiestas españolas: con unas nos identificamos más, y con otras menos. Y que cada uno se apunte a la que quiera.

Entiendo que durante Semana Santa haya amigos que tengan la agenda más ocupada porque tienen que hacer sus quehaceres con el de arriba y en la tele solo pongan películas de Jesús. Sí, puede llegar a saturar, pero el asunto solo dura una semana.

Para mí, querer prohibir la Semana Santa porque hay gente que no cree en Dios es lo mismo que abolir la Liga o el Mundial para no marginar a quienes no les gusta el fútbol. Precisamente, ya son varios los años en los que Miércoles Santo coincide con algún partido importante, y las dos ‘pasiones’ confluyen sin conflicto alguno.

Y no deja de ser arte. Arte religioso, sí. Pero que alguien ponga en duda lo que significa Salzillo para Murcia, por ejemplo. Las catedrales e iglesias merecen ser preservadas aun en el hipotético caso que las religiones dejaran de ser practicadas. A nadie se le ocurriría derribar la Mezquita de Córdoba porque el islam se practica menos que el catolicismo. El legado histórico, arquitectónico, artístico y cultural es incalculable.

Sean fábula las religiones o no (y eso queda a consideración de cada uno), entiendo que el aconfesionalismo del Estado precisamente legitima que se celebre la Semana Santa. Prohibirla sería negar la aconfesionalidad del país y la libertad de sus ciudadanos, porque se obligaría a (no) practicar lo que dicta el Estado. ¿Dónde queda el respeto, si no?

Al final, si la Semana Santa tiene lugar solo una vez al año, es un aliciente turístico de primer orden, genera ingresos y fomenta el patrimonio cultural patrio, ¿por qué habría que prohibirla?

Carlos Pérez
Ministro de Educación, Cultura y Deporte

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