Cazar en España: Responsabilidad

TODO CAZADOR QUE NO SE TOME EN SERIO LAS NORMATIVAS QUE EXISTEN PARA PROTEGER LA FAUNA NO ES UN CAZADOR SI NO UN DESTRUCTOR SEDIENTO DE CANTIDAD DE TROFEOS

Para este mes, he decidido dirigirme a uno de mis temas favoritos, pero a su vez, uno de los que más controversia provocan: La caza. No es un misterio que hoy en día hay una grandísima división de opiniones sobre este tema, sobre la ética en dar muerte a un animal y sobre la forma de utilizar los bosques españoles. Dejando atrás opiniones de personas ajenas al mundo rural, que dicen estar en contra de la caza porque alguna vez vieron Bambi y ya dentro del colectivo de los que practican esta apasionante actividad, se podría dividir en dos grupos; los cazadores y los destructores. Como muchos que opinen igual que yo, sabrán ya que cuando me refiero al primer grupo, hablo de las personas que cazan de forma responsable, ética y desde la admiración y respeto al campo y a sus habitantes. Por otra parte, nos encontramos con los destructores, estas personas son las encargadas de crear el mal y faltar el respeto a nuestro amado campo.

El verdadero problema viene cuando las malas prácticas de la caza se empiezan a convertir en algo común y no solo de una pequeña parte de los cazadores. Por ejemplo: La administración da un número limitado de precintos de corzo (a propósito de las fechas), como estos son muy caros de comprar, la práctica común es abatir el número máximo de corzos con un solo precinto (hasta que nos pare la guardia civil y haya que utilizarlo). La consecuencia de esta práctica tan común y conocida hasta por los indios es que la administración da por supuesto que va a pasar eso, con lo cual, al no tener un control preciso de la cantidad de corzos que se abaten dará menos precintos porque con pocos precintos se reduce enormemente la población. La ley de la oferta y la demanda obviamente hace que el precio de los precintos sea cada vez más alto y esto lleva a que las personas hagan trampas. Entonces ¿de quién es la culpa? Para mi entender, todo cazador que no se tome en serio las normativas que existen para proteger la fauna no es un cazador si no un destructor sediento de cantidad de trofeos.

Exactamente lo mismo pasa con el lobo (os animo a que leáis el texto que escribió mi predecesor Antonio Gil-Delgado en la etapa anterior de AOM). A diferencia del corzo, este animal está generando una gran controversia por la gran presión que tuvo a lo largo de los años 70 que casi lo llevan a la desaparición. Frank Cuesta, más conocido como Frank de la Jungla, es otra de las personas que ayudan a que sea un tema mediático por sus denuncias a los cazadores. Intentaré ahorrarme en la medida de lo posible mi opinión sobre este… señor que aparece en nuestras televisiones maleducando a los niños de España. El enemigo de la caza del lobo, y el que sea un problema real en el norte de España, no es otro que el propio colectivo de cazadores. No es algo razonable ni lógico que el 96% de los precintos de lobo sean entregados el último día de la temporada. No hay que juzgar tanto a la administración. ¿Se supone que tiene que creerse que todos los lobos se han matado el último día de la temporada?

Como punto final y conclusión, mi solución a este problema no se trata de buscar culpables ni de juzgar a unos y a otros, si no de crear unas normas mucho más sancionadoras como pasa en Alemania o aquí en EEUU (donde saltarse las normas es algo que está fuera de cualquier mente) de forma que se establece una mentalidad responsable y lógica hacia la caza que en ningún momento se acabará en España. Al fin y al cabo la caza es una actividad pura del hombre y de una profundidad que llama a los tiempos donde nuestras armas no eran otras que nuestras propias manos. Libertad y responsabilidad, no a papá Estado.

Leopoldo Rodriguez-Jurado

Renovarse o morir

AL FINAL, EL MOTIVO POR EL QUE SE HAYA GENERADO SEMEJANTE POLÉMICA, Y POR EL QUE LOS TAXISTAS SE SIENTEN TAN ATACADOS, ES PRECISAMENTE PORQUE SABEN QUE SE TRATA DE UN PRODUCTO MEJOR QUE EL SUYO

Corren tiempos frenéticos en nuestra sociedad hoy en día, y una gran parte de la culpa podríamos achacársela al mundo tecnológico y sus cambios fulgurantes. Dónde hoy una persona tiene el último modelo de telefonía móvil, mañana ya es una reliquia, una obsolescencia más, producida por este mercado tecnológico que devora modelos y productos, versiones y actualizaciones, softwares y hardwares. A pesar de ello, vemos como la sociedad se adapta con una inusitada facilidad a estos cambios, no solamente no los rechaza, sino que los acoge con alegría y expectación.

Como han cambiado los tiempos en un solo relevo generacional. Siempre suelo divagar en la gran revolución que debieron de suponer en su momento las computadoras personales u ordenadores. A raíz de la popular película de 2014 “El Código Enigma” muchos ya sabrán que el prestigioso matemático, científico y criptoanalista británico Alan Turing es considerado el precursor y padre del ordenador moderno como lo conocemos hoy en día, gracias a la máquina que ideó y construyó en 1942 para descifrar el código Enigma, el cual era usado por los nazis para encriptar todas sus comunicaciones durante la II Guerra Mundial; pero no fue hasta 1977 que se introdujo en el mercado la computadora personal de uso masivo. ¿Se imaginan el cambio estructural que debió de suponer? ¿Se imaginan la cantidad de empleos que se debieron de eliminar, la cantidad de asistentes, transcriptores, secretarios; que de la noche a la mañana vieron como todo su trabajo de redacción, de las cuentas, de la información corporativa; era capaz de hacerlo una sola máquina? Esta revolución hubiera tenido lugar hoy en día y habríamos sido todos testigos de hogueras de San Juan a las puertas de cada sede podemita. Pero a día de hoy, ¿hay alguien que tenga la menor duda de que fue un gran avance para la humanidad en general? ¿Hay alguien para el que el ordenador no sea una herramienta imprescindible, tanto en lo personal como en lo profesional? Por supuesto que no, porque eso es PROGRESO.

La razón de que haya sacado este tema a coalición son las recientes protestas que hemos visto en Madrid contra Uber y Cabify. Empresas tecnológicas, que, mediante la misma, conectan a un conductor en búsqueda de pasajero, y a un pasajero en búsqueda de conductor; es decir, aplican la tecnología al concepto más básico de cualquier economía: juntan la oferta con la demanda. Vaya por delante que en ningún momento en la redacción de este artículo quiero sonar frívolo o insensible con los problemas coyunturales del gremio de taxistas español, pero si algo nos enseña la historia es que no hay que ponerle piedras al progreso, al contrario, hay que buscarlo y acogerlo. Al final, el motivo de que se haya generado semejante polémica, y los taxistas se sientan tan atacados, es precisamente porque saben que es un producto mejor que el suyo. Coches más modernos y con la discreción de ser un coche particular; costes asociados a la operación infinitesimales; y una facilidad de uso y accesibilidad al alcance de cualquier Smartphone. ¿Entonces por qué entramos a debate cuando el progreso está claramente llamando a nuestras puertas? Demasiado miedo político a enfurecer a cualquier gremio o extracto de la sociedad, como pudimos comprobar ante el reciente y bochornoso caso de la estiba que mi compañero Juan Abascal repasó. Pero no nos olvidemos nunca y pongamos las cosas en perspectiva: “El progreso y el desarrollo son imposibles si uno sigue haciendo las cosas tal como siempre las ha hecho”. Wayne W. Dyer, escritor estadounidense.

Guillermo González
Ministro de Energía, Turismo y Agenda digital de AOM

No hay motivos para temer la libertad

EL ÚNICO PUNTO DE ENCUENTRO REAL QUE PUEDE EXISTIR EN LA

SOCIEDAD NO ES NI LA IGUALDAD NI LA JUSTICIA, SINO LA LIBERTAD

A menudo uno escucha que los mensajes siempre deben ser positivos, que es preferible afirmar algo que negarlo. El artículo empieza con un “no” en el título. Y lo hago a conciencia porque no creo que haya motivos para tener miedo a la libertad. Sin embargo después de ver, escuchar y recibir muchísimos argumentos para creer en ella, solo falta por decir que no los hay para desconfiar. Y es que no queda más remedio que aceptar que el único elemento que nos puede igualar realmente a todos, tanto personas físicas como jurídicas, instituciones y organizaciones, es la libertad.

A la España de los 50 millones (de la cual hablaremos cuando llegue el momento oportuno) se debe llegar habiendo realizado un gran giro a la libertad, viéndose dicho movimiento reflejado en el ámbito político, económico y social.

El supuesto “ahorro” de la próxima campaña a las elecciones del 26J nos sirve como ejemplo. Como liberal que soy, parto de que la ley y su imperio deben ser la base de toda democracia. Pero ni la propia democracia debe imponerse en una sociedad que elija libremente no aceptar dicho sistema. Por ello no creo que la solución a todos nuestros problemas sea la democratización de los partidos políticos, sino la “liberalización” de sus mecanismos de funcionamiento. No pongo en duda ningún formato, simplemente defiendo la libertad individual de la institución para funcionar a su antojo. Porque el único punto de encuentro real que puede existir en la sociedad no es la igualdad ni la justicia, sino la libertad. Los partidos han estado discutiendo sobre qué partidas deberían recortar. Sin embargo, solo en la libertad individual de cada institución pueden estar de acuerdo: que cada uno ahorre en donde crea. Ser austero por obligación no tiene ni mérito ni sentido y no podemos encumbrar cualquier pacto por el mero hecho de haber sido consensuado. En esta línea entra el problema de la corrupción: como dije anteriormente en otro de mis artículos (Tenemos un problema) “debe ser cada institución la que decida su nivel de exigencia interna a la hora de tratar asuntos propios”. El comportamiento interno del partido tendrá unas consecuencias reflejadas en las urnas, pero no podemos construir un sistema democrático aboliendo la libertad institucional.

La Libertad guiando al pueblo se ha convertido en un icono universal de la lucha por la libertad.

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Por otro lado, hago aquí mi primer llamamiento a la libertad económica. Seguro que mis queridos ministros son capaces de explicar mucho mejor que yo todas las grandes ventajas que tiene la libertad económica. Simplemente querría hacer hincapié en el hecho de que en España nunca se ha producido un gran movimiento de libertad económica y el cuál creo que traería a España los mejores años de prosperidad y bienestar que veríamos en nuestro país. En estos momentos según la Fundación Heritage nuestro Estado ocupa un modestísimo puesto 43 en el Índice de Libertad Económica 2016. El argumentario liberal es amplio pero querría simplemente relacionar los datos de libertad económica, esperanza de vida y renta per cápita. Atendiendo al ILE 2016 observamos que los 5 países con un mayor índice (Hong-Kong, Singapur, Nueva Zelanda, Suiza y Australia) tienen altísimos niveles de renta per cápita (51.300 dólares de media) y una esperanza de vida de 83 años. Los números que ofrece el portal de datos Gapminder sitúan a estos cinco países en lo más alto. Vean en la tabla el increíble progreso que se produce


Con la llegada del capitalismo a mediados del siglo XX los datos mejoraron definitivamente
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Por último, la libertad tiene que avanzar por todas las vías. Desde nuestro gobierno queremos que así sea y nuestros ministros ya están haciendo una fuerte apuesta. Gonzalo Bonelo, ministro de Economía hablaba de la presión fiscal que existe en España y el poco respeto que hay por la propiedad privada que se ve acribillada a impuestos. Desde Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente Antonio Gil-Delgado puso en duda ciertas políticas de izquierda a la hora de manipular el mercado mediante subvenciones a ecoproyectos de dudosa ecoeficacia. Hablamos de una libertad que vincula ideas con sentimientos. Así lo reflejaba Jorge Gancedo, ministro de Interior, quien defendía que en España se debe contemplar cualquier planteamiento ideológico y que nuestra ley tiene que velar por ello, por la libertad de pensamiento de cada uno. Estas ideas también tienen que llegar a la cultura. La tauromaquia forma parte de nuestro bagaje histórico y por ello Amadeo Lora, ministro de Justicia, declaraba que los amantes de la fiesta nacionaltienen derecho a seguir disfrutándola y que al final, como en tantas otras ocasiones, la solución se encuentra en respetar la libertad. Una libertad que no puede reducirse a nuestras fronteras. Luis Miguel Melián, responsable de Exteriores habló de este asunto sobre Venezuela: “El gobierno venezolano ya no es legítimo, y se aferra al poder a través de la fuerza. Es hora de que España y Europa miren de frente a los problemas y tomen soluciones”.

La cabecera del blog dice que “con una fuerte apuesta por la libertad aspiramos a una nueva gran España”. Y no es otro nuestro objetivo, el de unas aspiraciones de libertad que pretenden alcanzar todos los ámbitos de la realidad española.


Julio Wais

Paz y pacifismo

SIEMPRE ME HA GUSTADO IR A LA RAÍZ DE LAS COSAS CREO QUE ES
IMPORTANTE QUE, EN PRIMER LUGAR, HABLEMOS DE PAZ. Y DE LO QUE NO ES PAZ

Debo reconocer que, cuando nuestro querido Presidente, Julio Wais, me ofreció participar en esta iniciativa, me sorprendió bastante el cargo para el que me propuso: Ministro de Defensa.

Se trata de un cargo complicado, porque los temas que, a priori, le corresponde abordar a un Ministro de Defensa son, por lo general, poco populares. Si existe un Ministerio de Defensa es porque hay algo de lo que defenderse o, si le damos la vuelta a la tortilla, algo (o alguien) que nos ataca. Y qué quieren que les diga: esta reflexión no es demasiado agradable…

Además, a nadie se le escapa que vivimos en una sociedad –Occidente– que, a pesar de ser cada día menos reconocible, aún mantiene ciertas señas de identidad: una de ellas es, a mi juicio, el pacifismo.

En este mi primer post, me gustaría hacer un par de reflexiones sobre paz y pacifismo. Creo que es una buena forma de comenzar mi andadura como Ministro de Defensa. 

En mi opinión, la paz es el fin hacia el que tiende cualquier orden político. Como afirma Gómez Pérez, la paz es uno de los valores esenciales de la convivencia política y social (Virtud, vicio e hipocresía, página 93). Pero… ¿Qué es la paz? No debemos confundir paz con cualquier situación de calma o tranquilidad. En efecto, tal como señala Tomás de Aquino, “si un hombre concuerda con otro, no por espontánea voluntad, sino coaccionado por el temor de algún mal inminente, tal concordia no es verdaderamente paz”. (Suma Teológica).

La verdadera paz es la que nace de la justicia. Sin justicia no hay verdadera paz. Millán-Puelles lo deja bien claro: “la verdadera paz, la que conserva el orden conveniente a los hombres, implica la justicia”. (Sobre el hombre y la sociedad)

El pacifismo, en cambio, rechaza cualquier conflicto, incluso el que pretende restaurar la justicia. En otras palabras: el pacifismo está fundado en el indiferentismo: aceptamos cualquier cosa con tal de que no haya conflicto. Nos repugna el conflicto, sea el que sea.

La verdadera paz es la que nace de la justicia
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Sin embargo, al contrario de lo que postula el pacifismo, no todo conflicto es injusto. Si se pone la justicia en entredicho, debemos luchar por restablecerla.

Un ejemplo: tras los atentados de París, cierto político de moda proponía como solución la empatía. Según el Diccionario de la Real Academia Española, la empatía es la “capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos”. Da igual cuáles fueron los motivos que movieron a los terroristas de París o Bruselas a cometer semejante carnicería: lo que hicieron está objetivamente mal, es contrario a la justicia.

Supongo que nuestro político de moda, con muy buena intención, intentaba expresar lo siguiente: “es mejor el diálogo que cualquier enfrentamiento”. No estoy de acuerdo: no hay diálogo posible con quienes niegan la existencia de la verdad. Lo contrario –el relativismo– implica que, a la larga, acaba triunfando la verdad del más fuerte. Y es probable que, dentro de no demasiado tiempo, haya otros más fuertes que nosotros…

En el fondo, la pregunta que debemos hacernos es: ¿Existe la justicia? ¿Creemos en la justicia? Si la respuesta es negativa, el pacifismo tendría cierto sentido, porque todo –absolutamente todo– podría solucionarse por consenso. Si, por el contrario, creemos que existen actos justos e injustos, el conflicto será inevitable; eso sí: la paz será verdadera.

Ruego al lector que me perdone por esta pequeña divagación filosófica. Siempre me preferido ir a la raíz de las cosas y, si voy a escribir sobre temas de Defensa, creo que es importante que, en primer lugar, hablemos de paz. Y de lo que no es paz.

Yago Fernández