Ni blanco ni negro

EMPRESARIOS Y TRABAJADORES ESTÁN LLAMADOS A ENTENDERSE Y COOPERAR EN BENEFICIO DE AMBOS

Después de haber leído las últimas noticias sobre el caso de los estibadores sin que patronal y sindicatos hayan llegado todavía a una decisión concreta, todo invita a pensar que es una situación irresoluble. En muchos de los conflictos que se producen entre empresarios y trabajadores podría parecer que las dos partes son irreconciliables y que una trata de atacar a la otra por sistema. Y es que cuando un debate deja de estar fundamentado en argumentos objetivos y se convierte únicamente en oposición sistemática a cualquier cosa que se plantee pierde todo sentido y utilidad.

Un elemento esencial para poder empezar a debatir, dialogar y llegar a un punto común es dejar a un lado la idea de que el otro quiere ir contra ti. No, trabajadores: el empresario no vela sólo por sus intereses y a vuestra costa. Y no, empresarios: vuestros trabajadores no son unos desleales que a la mínima os van a traicionar. Debatir consiste en tratar de escuchar ya que, como decía un ensayista francés de la época napoleónica, “el objeto de toda discusión no deber ser el triunfo sino el progreso.

Solemos oír hablar de la precariedad de los empleos en España. Luchar contra ello es un objetivo básico de toda reforma laboral. ¿Son los empresarios los causantes de esta situación? ¿Deberemos aplicar el contrato único? ¿O mejor flexibilizar la contratación y el despido? Lo único que está claro es que dicha reforma se ha intentado sin éxito. Porque el empleo es una cuestión tan fundamental que se ha convertido en uno de esos asuntos que necesitan con urgencia un pacto de Estado.

El problema es que la divergencia de opiniones es amplísima y cada uno aparentemente enarbola la defensa de una bandera: unos, la de la protección de los trabajadores; otros, la de los intereses de los empresarios. Y ahí nos olvidamos de que unos y otros se necesitan mutuamente y de que sus intereses no son necesariamente contrapuestos porque juegan, al fin y al cabo, en un mismo equipo (aunque algunos se empeñen en negarlo). El empresario quiere sacar adelante su empresa; el trabajador quiere que ésta salga adelante para tener un empleo. Si a uno le va bien, al otro también. Es posible que a veces les vaya mejor a unos que a otros; es cierto y sin duda hay que luchar enérgicamente contra los abusos empresariales y garantizar la dignidad de los trabajadores. Pero ese empeño de confrontar lo no confrontable causa numerosos estragos; cuanto más enfrentemos a ambos grupos, más perjudicados se van a ver los dos. Y, como consecuencia, toda la sociedad. El empleo es uno de los motores del crecimiento y no podemos olvidar que quien lo crea son fundamentalmente las empresas. Atacarlas y tratar de hundirlas a toda costa sería una especie de suicidio colectivo.

Empresas a las que, aunque sea utilitariamente, les interesa que sus trabajadores estén satisfechos. Un trabajador satisfecho es un trabajador productivo. Así lo refleja un informe de Randstad en el que se afirma que la productividad crece hasta un 12%. De hecho, éste es precisamente uno de los motivos por los que los departamentos de RR.HH. de grandes compañías han empezado a diseñar programas para mejorar la calidad de vida de sus trabajadores. Además de un seguimiento personal, vemos que las actuales políticas que se desarrollan en el mundo empresarial son tendentes a lograr la mayor satisfacción laboral: flexibilización de horarios, creatividad, autonomía, teletrabajo…

Como ejemplo de esto podríamos considerar el EFR, un certificado otorgado a aquellas compañías “familiarmente responsables”. Entre aquellas que lo han recibido podemos encontrar a Santander, CLH, Sanitas, Pascual… Son empresas enormemente exitosas y han apostado intensamente por cuidar a sus trabajadores. Son reflejo de que cuanto más feliz vaya alguien a trabajar, más rendirá y más leal será. En conclusión, los resultados de la empresa serán mejores.

No nos olvidemos de una cosa: el trabajador representa la oferta de empleo mientras que la empresa es la que demanda, la que va en busca de dichas personas. Así, las compañías son perfectamente conscientes de que no son nada sin sus trabajadores y, si no lo son, deberían empezar a serlo. De la misma manera, los trabajadores saben que su puesto de trabajo depende de la continuidad de la compañía. Ambos se necesitan; ambos precisan entenderse y colaborar.

Sol Sepúlveda
Ministra de Empleo y Seguridad Social de AOM