Tear down the wall

LAS TASAS Y BARRERAS NOS PERJUDICAN A TODOS

En una de las noticias más comentadas del último año, el presidente Trump proponía la construcción de un muro en la frontera que comparte Estados Unidos con México, pagado por este último país. Ante la evidente dificultad de que México consienta en pagar la construcción de un muro entre ambos países, Trump barajaba varias opciones, entre ellas la creación de una tasa especial a la entrada de productos mexicanos.

Si no pasamos de un análisis simple, no parece tan mala idea. Si México introduce productos en Estados Unidos, tasar con un porcentaje del precio al exportador implicará una mayor recaudación de impuestos a costa de un país extranjero. Esa recaudación extra se podría dedicar a la construcción del muro, y los ciudadanos estadounidenses no tendrían que pagar las obras.

La realidad es bien distinta. Como cualquier autónomo podrá decir, muchas veces los márgenes de beneficio de las empresas son muy estrechos (y eso cuando hay beneficios). Una subida del coste a la hora de poner a la venta un producto podría acabar con los beneficios, por lo que en muchas ocasiones el exportador tendrá que subir el precio. Y si el ciudadano estadounidense está pagando más dinero por el mismo producto, y el exportador está ganando una cantidad similar¿quién está pagando el muro al final?

El problema del proteccionismo es que es un regalo envenenado. A todos nos suena muy bien: estimular la producción nacional, comprar productos españoles, fomentar la industria propia… Hay gobiernos que intentan seducir al pueblo con promesas de poner tasas a las importaciones extranjeras, de impedir la deslocalización de fábricas, de acabar con tratados de libre comercio que perjudican el mercado nacional. El ejemplo más extremo de estos casos son los países comunistas, como Corea del Norte, donde prácticamente no hay comercio exterior. Lo que tienen en común todas las medidas proteccionistas es que favorecen al productor nacional a cambio de perjudicar al consumidor. Y por muchos productores que haya, consumidores suele haber más.

Pongamos un ejemplo, un productor de acero para vigas. Un productor nacional vende vigas por un precio de 10.000, y un productor americano las vende por 9.500. Si son de la misma calidad las empresas constructoras encargarán las vigas al productor extranjero, al ser la alternativa más barata. Si se pone una tasa de importación del 10%, subiendo el precio de la viga extranjera a 10.450€, los constructores contratarán al productor nacional, porque pasa a ser la opción menos costosa.

¿Quién ha ganado en este caso? El productor nacional sigue siendo más ineficiente que el extranjero, sigue sin ofrecer una mayor calidad, pero gana volumen de negocio. Es más ineficiente, pero se le recompensa. Sin embargo, las empresas constructoras están pagando más dinero por el mismo bien. Como en el ejemplo que abre este artículo, es posible que ese sobreprecio se acabe traspasando al cliente final (un edificio necesita de varias vigas, por lo que al final el sobreprecio es bastante superior a 450). En este caso, veríamos como, por una medida impulsada para proteger a la industria nacional, todos los compradores del mercado inmobiliario acabarían subvencionando la ineficiencia del productor nacional.

El proteccionismo es un arma de doble filo. Sus defensores argumentan que al permitir crecer al productor nacional, se le da la opción de crecer, ser más competitivo y poder llegar a crear una industria propia que no necesite de barreras para ser sostenible. En un entorno nacionalista podría ser un argumento defendible, pero la realidad es que no se está perjudicando únicamente al productor extranjero, se perjudica también a todos los consumidores nacionales que tienen que pagar más por los mismos bienes. Al no tener incentivos para mejorar la calidad o reducir el precio, el productor nacional seguirá siendo más ineficiente que el extranjero. Los únicos que ganan son el gobierno, al recaudar una tasa extra que antes no obtenía, y el productor nacional, al que subvencionan su ineficiencia.

Gonzalo Aguilar

Deja un comentario