Toros sí: una defensa jurídica de la Tauromaquia

ADEMÁS DE CULTURA Y TRADICIÓN, LA TAUROMAQUIA
TIENE CONSECUENCIAS ECONÓMICAS E IMPLICACIONES
JURÍDICAS IMPORTANTES, QUE CONVIENE NO OLVIDAR
 
Una vez más, y en consonancia con algunas corrientes sociales existentes en nuestro país en los últimos años, se ha vuelto a levantar una densa polvareda en torno a la cuestión de la tauromaquia. En esta ocasión, Valencia se convirtió el epicentro de la polémica.
 
El pasado fin de semana una veintena de activistas antitaurinos, semidesnudos y cubiertos de trazos de pintura roja, se manifestaron frente al Ayuntamiento de Valencia bajo el lema “Per Unas fallas sense sang” (“por unas fallas sin sangre”) y llamaron a “dar voz a los animales” y a unirse a su silencio. Asimismo, unas diez mil personas, según la Delegación del Gobierno, recorrieron las calles de la capital del Turia en defensa de los festejostaurinos.
 
Además de cultura y tradición arraigada en España, la tauromaquia tiene consecuencias económicas e implicaciones jurídicas importantes, que conviene no olvidar. Por ello, dejo a poetas y artistas, a maestros y aficionados, que se enganchen en apasionantes conversaciones sobre el drama y la tragedia, sobre si la lucha del hombre contra la bestia sin más armas que un una muleta y una espada se puede considerar arte o no. Por mi parte, me veo en el deber de hacer una serie de consideraciones jurídicas para aportar algo de claridad a un debate en el que se han retorcido tanto algunos conceptos que han acabado por perder su significado.
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En su concepción clásica, la Justicia es dar a cada uno lo suyo. Lo que a cada uno corresponde varía en función del sujeto de que se trate. Así, para determinar los derechos de un determinado ser, es preciso establecer, con carácter previo, qué seres pueden ser sujetos de derechos. Y la respuesta no es ni puede ser otra que las personas. En efecto, sólo las personas tienen derechos. Como señala el profesor Álvaro D’Ors,
 
El hombre es un ser vivo animado, no por un principio vital que, como el de los animales, se extingue con el cuerpo, sino por un alma espiritual que le permite reflexionar racionalmente sobre sí misma y las cosas, de lo cual están privados los otros seres vivos
 
Pues bien, esta idea, sencilla en su formulación, trae problemas en la práctica. Si los animales no tienen derechos, ¿se puede hacer con ellos lo que se quiera sin violar principios de justicia? No es mi propósito ahondar aquí en esta cuestión filosófica, pero me parece importante recordar a la ciudadanía en la época actual que los animales están al servicio de las personas, y no al revés. Ello legitima servirse de ellos para distintas finalidades: la comida, el transporte, la compañía… y sí, también el espectáculo.
 
En este contexto, se justifica que el pueblo español reivindique su derecho a seguir disfrutando de las corridas de toros. A pesar de las desafortunadas prohibiciones de la fiesta nacional que tuvieron lugar en Barcelona y San Sebastián, no debe olvidarse que la tauromaquia forma parte del patrimonio cultural español de pleno derecho en virtud de lo dispuesto en la Ley 18/2013, de 12 de noviembre. Y como tal patrimonio, debe ser protegido, por fuerte que pueda llegar a ser la presión mediática o social. Así, dispone el artículo 13 de la referida Ley que
 
En su condición de patrimonio cultural, los poderes públicos garantizarán la conservación de la Tauromaquia y promoverán su enriquecimiento, de acuerdo con lo previsto en el artículo 46 de la Constitución.
 
Las corridas de toros son un espectáculo único en el mundo, del que la muerte de los morlacos es parte fundamental. Es comprensible que no guste a todos, pero aquellos a los que, con razón, les pueda desagradar, no deben caer en la tentación de enarbolar la bandera de los falsos derechos de los animales. Sencillamente, pueden no ir a las corridas, algo a lo que sí tienen derecho. De igual modo, aquellos amantes de la fiesta que lo deseen, tienen derecho a seguir disfrutándola. Al final, como en tantas otras ocasiones, la solución se encuentra en respetar la libertad.
 
Amadeo Lora

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